La hora de Chiang Mai

19.10.2019

Tras Sukhothai llegó la hora de la verdad, a esto habíamos venido. A vivir la Jungla de Chiang Mai.

Nada más pisar el norte, tras un largo viaje, buscamos un alojamiento y nos decidimos por una de las muchas ofertas de expedición a la jungla. Buscar y comparar, en nuestro mismo grupo hubo gente que pagó más que nosotros y gente que pagó menos.

Dos días en la jungla. Toda una aventura, sin duda, muy recomendable. A modo smotie a dicho paquete se le pueden ir añadiendo extras, como un paseo en elefante, visitar, incluso tocar tigres, el descenso del rio en canoa de bambú e infinidad de complementos para completar tu experiencia... Vale suena todo muy bien, y la verdad es que es una experiencia inolvidable.

Pero por partes, empecemos por el paseo en elefante, toda una excitante toma de contacto con la vida salvaje... salvaje? si bueno, los elefantes pagan en Tailandia un precio muy elevado por contentar al turismo, la libertad, y desde mi humilde opinión, el maltrato de sus captores, digo cuidadores. Pese a que, si repitiésemos la experiencia, tacharíamos de la lista la visita a animales enjaulados o encadenados, ya era tarde el paseo en elefante estaba incluido en el tour, como digo parece atractivo pero la verdad es que los animales en Tailandia no gozan de derecho alguno, y eso si tienes un mínimo de empatía te pasará factura. Estos imperiales animales sufren en precio del turismo a base de cadenas y latigazos. Todos los que estabamos allí coincidimos en forma de pensar al respecto, hecho que me reconfortó un poco.

Continuamos abriendonos paso por la jungla sin perder de vista a nuestro carismático guía el cual parecía sentirse como en casa entre tan imponente flora, tal vez porque estaba en casa. La gran fauna salvaje no es fácil de ver, pero no dejareís de toparos con infinidad de pequeños animales, algunos más inofensivos que otros.

Durante el trayecto tuvimos la oportunidad de conocer algunas aldeas, sus costumbres y sus siempre sonrientes aldeanos. La gente que nos encontramos vivía en lo que occidente consideraríamos pobreza, sin embargo los que lo habíamos perdido todo a favor de la era digital, éramos nosotros, hemos perdido la esencia de vivir aquí y ahora.

Lo mejor sin duda fue pasar la noche en medio de la nada. Cazar y recolectar nuestra propia cena, no apta para veganos.

Dormir entre aquel concierto de sonidos, olores y sensaciones fue misteriosamente a reconfortante, tan lejos de todo, te recarga las pilas.

El té al amanecer.. sabía a caloría, así entramos en calor y seguimos con la ruta, todavía nos quedaba un río que surcar, una catarata en la que refrescarnos y como no hacer un poco el tarzan.

Tras la aventura un Jeep nos fue acercando de nuevo Chiang Mai, haciendo parada en otro de los extras contratados.

El tema de los tigres es muy parecido al de los elefantes, no gozan de demasiados derechos, partiendo de la base de que están en cautividad, es una de las cosas que espero que cambien con el tiempo en Tailandia y enfoquen el turismo de otra manera.

Reconozco que es una experiencia pasar una hora encerrado en una jaula con ellos, tocarlo, sentir su respiración.. y a los cachorros dan ganas de comérselos... su belleza es su maldición.

Pero estamos demasiado acostumbrados a enjaular todo aquello que nos gusta, y como en el amor, la relación con nuestro entorno debería basarse en el respeto mutuo. 

Una parada más antes de llegar a la habitación del hostel, una fabrica de telas y un par de sponsors. 

Pero Chiang Mai no es sólo jungla, una población rural más cosmopolita de lo que imaginábamos y con una ajetreada vida nocturna, al menos cuando nosotros estuvimos allí, al coincidir con uno de los muchos golpes de estado que ha sufrido el país, no era raro estar brindando y que un fusil te rozase el brazo abriéndose paso entre la multitud, carreras, sirenas, aunque parecía no preocuparle a nadie, y la verdad es que no sentimos inseguridad en ningún momento, disfrutando la noche como pocas. 

Lo mejor acaba rodeados de tailandeses en una especie de burger-after echándonos unas risas.